








































Privada Pública en colaboración con Escombro se complacen en presentar Juego de Villanos, una exposición individual del artista Napoleón Aguilera (1986, Zapopan, Jalisco) como parte de su programa de interacción cultural y social (PICS) al ser beneficiario de PECDA Jalisco.
Las formas con las que aprendemos a imaginar la violencia suelen llegar primero como juego. Antes de reconocer la carga real de un arma, su presencia aparece suavizada por la ficción: caricaturas, series de televisión, películas, videojuegos o juguetes convierten la amenaza en un espectáculo y el peligro en entretenimiento. Dentro de estos relatos, las armas dejan de ser únicamente herramientas de destrucción para transformarse en símbolos de poder, objetos de deseo, aventura o identidad.
Juego de villanos parte de esa idea casi subliminal. La exposición reúne una serie de ocho esculturas en basalto, obsidiana y calcita azul, inspiradas en pistolas icónicas de obras de ciencia ficción que aparecen en distintas plataformas de entretenimiento. Cada pieza incorpora empuñaduras para armas (cachas) auténticas obtenidas en el mercado negro, las cuales están adornadas con iconografía asociada a organizaciones criminales en México. Al unir ambos elementos —la fantasía mediática y los rastros materiales de violencia— las esculturas producen un desplazamiento incómodo entre nuestros hábitos de consumo y sobre cómo la violencia se infiltra, a menudo de manera inconsciente, en nuestras aspiraciones colectivas.
El proyecto toma su nombre del refrán popular “Juego de manos, es de villanos”, una advertencia utilizada con frecuencia para señalar el momento en que el juego infantil pierde inocencia y comienza a escalar hacia la violencia física. Esa frase funciona aquí como detonante conceptual: ¿En qué punto la representación de la violencia deja de ser simulación para convertirse en una práctica normalizada dentro de la vida cotidiana? ¿Cuánto de nuestra imaginación colectiva ha sido moldeada por objetos diseñados para dañar?
Talladas en basalto, obsidiana y calcita azul provenientes de minas en San Lucas Evangelista, Magdalena y Durango, las esculturas mantienen una relación directa con el territorio y con las tradiciones materiales de cada región. Las empuñaduras de armas funcionan como un punto de fricción fundamental dentro de la exposición. Muchas de ellas circulan con relativa facilidad en mercados informales y joyerías locales. Su presencia revela la manera en que ciertos imaginarios criminales han sido absorbidos por la estética popular, oscilando constantemente entre fascinación, aspiración y amenaza.
En Juego de villanos, las armas de ciencia ficción pierden su condición de utilería imaginaria para adquirir un peso físico y simbólico más cercano a nuestra realidad inmediata. Las piezas no buscan glorificar la violencia, sino evidenciar cómo ésta se filtra de manera persistente en el entretenimiento y en la construcción de identidad. A través de la escultura, el proyecto propone una reflexión sobre los mecanismos culturales que convierten la violencia en un lenguaje familiar, atractivo e incluso deseable.
Entre el juguete y el arma, entre la fantasía y el territorio, las esculturas de Juego de villanos colocan al espectador frente a objetos ambiguos: reliquias de una infancia mediada por la ficción, pero también vestigios de una realidad donde la violencia ha aprendido a disfrazarse de estilo, consumo y espectáculo.